domingo, 22 de septiembre de 2013

Llegada nocturna a Edimburgo. 18/09/2013


El autobús de Alsa -ruta Zaragoza-Barcelona- fue una rutina semanal para mí durante cerca de cuatro años. En ocasiones era una bendición, un paréntesis de tres horas y media  solo compartidas con mi mp3 y mi resaca.

Hoy  no puedo considerarlo un paréntesis, sino el inicio de un trayecto bastante más largo.  En cuanto llegue a la estación de Sants, cogeré un taxi en dirección al Prat - a cuyo conductor pagaré en torno a 20 euros- y allí esperaré hasta poder tomar el avión que me lleve a Edimburgo. Mi plan es recorrer la ciudad durante dos días, para visitar luego Glasgow y al cabo de cinco días volver a España con la memoria de la cámara repleta de fotos y mi cuaderno a reventar de información. En esta ocasión no me veo obligada a tomar mis notas a mano en mi querido cuaderno de viaje. Cuento con una tablet de armas tomar, que aunque me otorga un aspecto mucho menos romántico, sin duda va a facilitarme mucho las cosas. He pagado poco más de dos euros a cambio de un par de guías electrónicas de ambas ciudades, editorial e-tips, que incluyen mapas de considerable zoom e información sobre el transporte, así como una aplicación llamada "Realidad aumentada" -que te ofrece una descripción detallada del edificio al que enfocas- que estoy deseando probar. Desde luego, este viaje difícilmente podrá parecerse a mi pequeña estancia en Transilvania, donde me manejaba a base de muy escasas indicaciones e ingente fe en la bondad de los desconocidos, como Blanche en Un tranvía llamado deseo, añadiéndole nieve y quitándole a Marlon Brando (mierda). 

La entrada a Barcelona es algo que te puede hacer perder un vuelo. Tras superar un lentísimo embotellamiento, llego a la estación con veinte minutos de retraso y,  para mi desgracia, me toca un taxista con mucha marcha en la lengua y mucha mierda en la cabeza: la crisis no existe, la gente se empeña en vivir de las subvenciones, el que no trabaja es porque no quiere... Una retahíla de incongruencias que me causan aún más estrés que la posibilidad de perder el avión. 

Llego al aeropuerto de Edimburgo, tras un vuelo sin incidencias, en torno a las 23:30. El enlace con el centro de la ciudad, Airlink bus, es cómodo, fácil de encontrar, y para colmo, incluye wifi gratuito en su cálido interior. He comprado el ticket por adelantado vía internet, así que sólo tengo que sentarme y disfrutar del trayecto, que dura tan sólo media hora y concluye muy cerca de mi hostal, el Haggis hostel. Se trata de un alojamiento muy barato y magníficamente situado en Register Street, que ofrece derecho a cocina y desayuno incluido en el precio. Me registro sin problemas y entro en mi habitación -más bien "nuestra" habitación- donde mis tres compañeras de cuarto duermen ya a pierna suelta. Tras lavarme los dientes en un baño limpio aunque un poco pequeñito, con dos lavabos y tres inodoros, me voy directa a la cama,  planeando la visita al casco viejo que realizaré mañana.






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