martes, 24 de septiembre de 2013

Una broma pesada con forma de castillo.



Tras comer en el hostal un plato de cuscus del Tesco -2 pounds- me preparo para recorrer el casco viejo aprovechando que la lluvia se ha tomado un pequeño respiro. Mi primera parada, el famoso castillo de Edimburgo, que se deja adivinar entre la niebla desde la misma calle de mi hostal, es una verdadera decepción. Lo cierto es que su imponente figura sobre las filas de casas nórdicas es el único recuerdo que el turista debería llevarse de la edificación. La entrada es carísima, y el precio de la audio guía la supera con creces. Acabo pagando 19 pounds - madre mía que derroche tan innecesario- por la visita a un recinto amurallado cuyo interés radica en absolutamente nada, como demuestran los insustanciales comentarios de la guía electrónica. Todos los edificios del interior del castillo, según rumia el aparato parlante, han sido testigos de extraordinarios acontecimientos de la gloriosa, gloriosísima, archigloriosa historia de Escocia. Eventos que la guía describe como casi sobrenaturales, y que no pasan del nacimiento de un Príncipe o la última noche de cierto caballero ajusticiado en el castillo. Historias para críos, un Port Aventura de estética medieval plagado de paneles interactivos con ridículos dibujos. En suma, nada que ofrecer, excepto una vista panorámica de la ciudad que en un día soleado hubiera hecho salir chispas del obturador. Huelga decir que Edimburgo prácticamente no conoce los días soleados. Indignada con el castillo, la audio guía - que por cierto en la mayoría de ocasiones dice "rastrillo" en lugar de "castillo"- y el precio pagado por el acceso a ambos, me marcho del lugar con unas ganas superlativas de shit en todos los lugares donde reza "do no sit here". 

Lo que aún no sospechaba al abandonar el castillo/chiste, era que ese rollo de turismo hortera y profundamente pueril iba a ser un leimotiv durante el resto del día. Lo he descubierto al entrar con corazoncitos en las pupilas -dilatadas- en la exposición de la Biblioteca nacional sobre los viajes de Livingston por África, para encontrarme con una sucesión de banalidades infantilmente tratadas y presentadas, que hubieran sido más adecuadas para una atracción de Indiana Jones en cualquier intento de emulación de Disneyworld.

Con escasas expectativas, me he acercado hasta el Museo Nacional, donde tendré que volver mañana ya que ha cerrado sus puertas a las 17,00 de la tarde, escasos minutos tras mi llegada. Sólo me ha dado tiempo a ver una bicicleta quíntuple y un desfile de animales marinos disecados. Se hallaban pegaditos, en la misma sección. EJEM.

Para rematar el día, he subido a la explanada sobre Calton Hill -al este de Princess Street- un promontorio que los carteles denominan "primer parque local" (¿y por qué no glorioso primer parque local, me pregunto?) donde por algún extraño motivo se elevan un observatorio, una especie de columna trajana y un pórtico columnado exento que probablemente fue arrojado allí por los mismos alíenigenas que obraron el célebre Stonehenge. Por otra parte, es un emplazamiento idóneo para fotografiar la costa y la ciudad. (Al informarme después vía internet sobre el lugar, la columnata resulta ser el único tramo construido de un pretendido Partenón que debía honrar la memoria de los soldados escoceses que fallecieron luchando en las guerras napoleónicas, y la columna "trajana", un monumento a Nelson).

Tras sacar unas cuantas fotografías, decido volver al hostel a cenar, un camino que me cuesta algo más de lo esperado debido al frenesí verbal de un señor bastante borracho y con una mirada que haría a la de Trueba parecer de lo más natural, que me da una estimulante charla sobre Escocia, los vascos, el euro, Siria, Estados Unidos y el petróleo. Así, todo junto, y yo sin mi capirote de papel albal y mi cazamariposas. 

En suma, de este primer día podemos extraer dos conclusiones principales: los museos de arte de Edimburgo guardan algunas sorpresas por las que merece la pena pagar, mientras que los edificios turísticos por antonomasia dejan bastante que desear. Por lo menos, ya sabemos en qué invertir el dinero y en que no.   

...Y según acabo de ser informada, una de mis compañeras de habitación es de beijing, así que puedo afirmar que no tengo ningún ojo a la hora de diferenciar la nacionalidad de las chavalas asiáticas. Un don que, por otra parte, no creo que  otorgue grandes ganancias.



Vistas desde Calton Hill, hacia el centro de la ciudad y hacia la costa.



No hay comentarios:

Publicar un comentario