Por supuesto, cuando despierto ya está lloviendo. Me asomo a la ventana: Crap, it's raining!. Mis vecinas -todas japonesas o koreanas, me atrevería a aventurar- me miran con cara de lemures. "Of course it's raining. This is U.K. It will be raining day long".
Bueno, que se le va a hacer. Lo cierto es que el reino unido no es un lugar para hacer planes concretos. La mañana reservada a pasear por el casco urbano puede verse impedida por una tormenta de seis horas, ese mercadillo tan curioso al que querías acudir puede verse obligado a cerrar debido a la intemperie... Así que lo mejor es contar con distintos planings e irse adaptando a los caprichos del clima.
De todos modos, a lo mejor mientras desayuno arrecia (ja ja), pienso mientras me dirijo a la cocina compartida. Lo cierto es que el desayuno, incluido en el muy razonable precio del hostal, es un tanto mejor de lo acostumbrado. Pancakes con pasas, tostadas, mantequilla y mermelada, cereales, croissants, té y café. La leche es de origen animal, claro, así que tendré que hacerme con un pequeño brick de leche de soja. Todo está rico y los encargados son indulgentes con los huéspedes, que aprovechan para llevarse un croissant o una fruta. Yo me hago con una manzana verde de un cuenco, friego la vajilla empleada y me enfundo en botas, gabardina con capucha (estilo asesino en serie made in EEUU) y mallas. Es una pena que mi réflex se vea obligada a permanecer a resguardo durante la lluvia, que todavía es abundante.
De todos modos, a lo mejor mientras desayuno arrecia (ja ja), pienso mientras me dirijo a la cocina compartida. Lo cierto es que el desayuno, incluido en el muy razonable precio del hostal, es un tanto mejor de lo acostumbrado. Pancakes con pasas, tostadas, mantequilla y mermelada, cereales, croissants, té y café. La leche es de origen animal, claro, así que tendré que hacerme con un pequeño brick de leche de soja. Todo está rico y los encargados son indulgentes con los huéspedes, que aprovechan para llevarse un croissant o una fruta. Yo me hago con una manzana verde de un cuenco, friego la vajilla empleada y me enfundo en botas, gabardina con capucha (estilo asesino en serie made in EEUU) y mallas. Es una pena que mi réflex se vea obligada a permanecer a resguardo durante la lluvia, que todavía es abundante.
A través de la cortina de agua dulce, Edimburgo se dibuja como una ciudad medieval y oscura, que en los días soleados debe ser impresionante por su vegetación, esa de aspecto tan salvaje y exuberante, característica de los jardines románticos ingleses. Sin embargo, los tramos de césped con los que me cruzo están tan perfectamente rasurados que provocarían el síndrome de Stendahl a cualquier jardinero. El célebre castillo, top one del turismo local, se alza en un promontorio de roca volcánica. Curiosamente, a pesar del parecido de las calles y edificios con ciudades del norte de Europa como Gante, Oxford y Amsterdam, el emplazamiento del castillo otorga a la ciudad un cierto aire Granadino, que por supuesto se esfuma gracias a las decenas de paseantes que esgrimen sus paraguas como si se tratara de la bandera nacional.
Los museos abren a las 10:00, así que tengo media hora libre para tomar un café en un Costa Coffee -el único lugar que ofrece un café aceptable en todo el Reino Unido, según propia experiencia- y escribir un ratito. La segunda planta ofrece vistas a mi inmediato destino: la National Scottish Sallery, situada en el cruce entre Hanover street y Princess street.
En la fachada del edificio adyacente al museo, la Escuela de Bellas Artes,veo un graffiti sorprendentemente mal camuflado por una fina capa de pintura beige: fuck the polis. O en Escocia police se dice polis, o falta una H y Edimburgo se prepara para invadir Polonia.
El acceso al museo nacional es gratuito. Me doy un paseo por la sala de arte italiano, donde no puedo evitar extrañarme ante la conjunción de una obra de Boticelli y un trabajo temprano de Picasso, que un curator algo confundido debió situar allí. Una pequeña obra de da Vinci y otra de Cranach se sitúan junto a dos menudas esculturas de bulto redondo que retratan monjes, muy curiosas, que me detengo a fotografiar.
En la planta inferior me encuentro con arte barroco, mayormente mitológico y religioso, el grand art de la época. Carraci, Caravaggio, Poussin, Bernini, y perdida entre los óleos del segundo, una obra del greco de estilo tenebrista la mar de curiosa. Un enorme cuadro del banquete de Herodes, centrado en una Salomé entrada en carnes que porta de cabeza del Bautista, me recuerda lo poco que me gusta Rubens. Cansada del sXVII me dirijo hacia el ala donde se supone se exhibe la obra de los europeos decimonónicos. Una cuerda me impide el paso. Is it closed? Yes it is. Until the end of october. Pues mira que bien. He visto un cartel que anuncia una exposición de retratos de Man Ray, así que pregunto por ella, aunque sea solo para sacudirme el academicismo.
Camino bajo la lluvia hasta la National Portrait Gallery, donde se halla la exposición de Man Ray según me han informado. Aunque llego al borde de la desesperación y la faringitis, el paseo bajo la lluvia ha merecido la pena. Una sala muestra el último trabajo de Ken Currie, uno de los artistas más enigmáticos y oscuros del panorama contemporáneo. Su estilo no se desprende del usual manejo del óleo, pero sus motivos son cuánto menos interesantes. Habitaciones abiertas en perspectivas sin fin, doppelgangers, cadáveres, máscaras funerarias y un casi truculento juego de identidad sumergen al público en la mente de un artista tan lúcido como perturbador. Sin duda, uno de los trabajos más personales que he tenido el placer de ver en el último año.
La entrada a la exposición de Man Ray cuesta la friolera de siete libras, pero las pago gustosamente confiando en la genialidad del fotógrafo. Una primera imagen de Marcel Duchamp ataviado como su alterego femenino me da la razón nada más cruzar el umbral de la sala. Tras diversas fotografías de actrices y del grupo surrealista parisino, por fin un trabajo que reconozco: "Erotique voilee", un retrato de Meret Oppenheim, una de las grandes artistas del surrealismo y, según Man Ray, una de las mujeres más deshinibidas sobre la faz de la tierra; motivo por el cual, es de suponer, la escogió para varios de sus retratos de desnudos. Oppenheim es la personificación de la idea surrealista sobre la mayor conexión de la mujer con el mundo de los sueños y el inconsciente. Súmale al asunto una verga "fruto de la revolución industrial", y he aquí la "Erotique voilee" de Man Ray. Junto a ésta, las célebres fotografías de las piernas de Lee Miller a las que se agarran pequeñas circenses al más puro estilo Freaks. Man Ray y David Lynch hubieran hecho buenas migas. Y de pronto, me encuentro con dos obras totalmente desconocidas para mí y en consecuencia una grata sorpresa: Virginia Woolf y Aldous Huxley fotografiados por Man Ray. Frente a éstos se sitúa una imagen que retrata a Henry Miller, un tanto socarrón teniendo en cuenta la espeluznante figura femenina que se yergue tras el. Abundan los retratos de Tristán Tzara, Bretón y Cocteau. Que grupo de amigos tan encantador, seguro que nunca recurrían a conversaciones sobre el clima. Finalmente, me detengo ante los inspirados retratos de las musas surrealistas por antonomasia, Kiki de Montparnasse y Lee Miller, y salgo de la exposición con ganas de crear mi propio movimiento vanguardista y hacer saltar por los aires el departamento de historia del arte de mi universidad. En fin, keep calm and buy some postcards.




No hay comentarios:
Publicar un comentario