Vistas de Holyrood Park desde el Parlamento.
miércoles, 25 de septiembre de 2013
Holyrood Park & Palace. 20/09
El viernes por la mañana decido abstenerme del museo nacional y recorrer The royal mile, la calle que une el castillo con el palacio de Holyrood, la segunda Meca turística de Edimburgo. Es un camino relativamente corto que concluye con las magníficas vistas de Arthur Seat, una montaña rocosa que ofrece un vasto paisaje frente al ultramoderno parlamento de la ciudad. La entrada al palacio cuesta 11 pounds, que en este caso -no como en el castillo engañabobos- sÍ merece la pena desembolsar. El tour por Holyrood incluye el interior del Palacio Real, la romántica abadía en ruinas y los jardines de la Familia Real. Por escasos pounds más -que decido ahorrarme- se tiene también acceso a la Queen Gallery, la galería de arte de la Reina. Dada mi escasa confianza en el gusto artístico de la monarquía, me limito a la entrada sencilla. Con ella se entrega además una audioguía que dirige al turista a lo largo del palacio, haciendo hincapié en la biografía de María Estuardo,Reina de Escocia, cuya vida ningún civil encontraría motivos para envidiar. Las distintas habitaciones están correctamente descritas como un intento de emulación de Versalles. Sin embargo, donde los franceses son exquisitos y refinados, los escoceses son sombríos y algo espesos. No debemos esperar una sala de espejos ni molduras doradas. En Holyrood el clima obliga al uso de madera recia, algo oscurecida por el paso del tiempo, y a una sucesión de tapices que tal vez no han recibido el cuidado necesario. Una forma muy discreta de asesinar a un alérgico a los ácaros sería llevarle a dar un paseito por este palacio. Sin embargo, la información de la audioguía es consistente e interesante, y uno no tarda en abstraerse del resto de turistas y dedicar toda su atención a la charla y las particularidades del edifico. Al final del tour, llega la guinda de la visita, la abadía de Holyrood, que tanto inspiró a los artistas del romanticismo decimonónico. Es sin duda un paraje incomparable para sacar fotografías, aunque la prohibición de aventurarse a lo largo del césped hace que éstas no sean del encuadre apropiado. Aunque soy una enemiga acérrima de la lluvia y sus consecuencias en mi pelo y calzado, al hallarme al "interior" de la abadía echo de menos una pequeña tormenta que la transforme en el paisaje perfecto para una novela de Mary Shelley o un cuento de Lovecraft.
martes, 24 de septiembre de 2013
Una broma pesada con forma de castillo.
Tras comer en el hostal un plato de cuscus del Tesco -2 pounds- me preparo para recorrer el casco viejo aprovechando que la lluvia se ha tomado un pequeño respiro. Mi primera parada, el famoso castillo de Edimburgo, que se deja adivinar entre la niebla desde la misma calle de mi hostal, es una verdadera decepción. Lo cierto es que su imponente figura sobre las filas de casas nórdicas es el único recuerdo que el turista debería llevarse de la edificación. La entrada es carísima, y el precio de la audio guía la supera con creces. Acabo pagando 19 pounds - madre mía que derroche tan innecesario- por la visita a un recinto amurallado cuyo interés radica en absolutamente nada, como demuestran los insustanciales comentarios de la guía electrónica. Todos los edificios del interior del castillo, según rumia el aparato parlante, han sido testigos de extraordinarios acontecimientos de la gloriosa, gloriosísima, archigloriosa historia de Escocia. Eventos que la guía describe como casi sobrenaturales, y que no pasan del nacimiento de un Príncipe o la última noche de cierto caballero ajusticiado en el castillo. Historias para críos, un Port Aventura de estética medieval plagado de paneles interactivos con ridículos dibujos. En suma, nada que ofrecer, excepto una vista panorámica de la ciudad que en un día soleado hubiera hecho salir chispas del obturador. Huelga decir que Edimburgo prácticamente no conoce los días soleados. Indignada con el castillo, la audio guía - que por cierto en la mayoría de ocasiones dice "rastrillo" en lugar de "castillo"- y el precio pagado por el acceso a ambos, me marcho del lugar con unas ganas superlativas de shit en todos los lugares donde reza "do no sit here".
Lo que aún no sospechaba al abandonar el castillo/chiste, era que ese rollo de turismo hortera y profundamente pueril iba a ser un leimotiv durante el resto del día. Lo he descubierto al entrar con corazoncitos en las pupilas -dilatadas- en la exposición de la Biblioteca nacional sobre los viajes de Livingston por África, para encontrarme con una sucesión de banalidades infantilmente tratadas y presentadas, que hubieran sido más adecuadas para una atracción de Indiana Jones en cualquier intento de emulación de Disneyworld.
Con escasas expectativas, me he acercado hasta el Museo Nacional, donde tendré que volver mañana ya que ha cerrado sus puertas a las 17,00 de la tarde, escasos minutos tras mi llegada. Sólo me ha dado tiempo a ver una bicicleta quíntuple y un desfile de animales marinos disecados. Se hallaban pegaditos, en la misma sección. EJEM.
Para rematar el día, he subido a la explanada sobre Calton Hill -al este de Princess Street- un promontorio que los carteles denominan "primer parque local" (¿y por qué no glorioso primer parque local, me pregunto?) donde por algún extraño motivo se elevan un observatorio, una especie de columna trajana y un pórtico columnado exento que probablemente fue arrojado allí por los mismos alíenigenas que obraron el célebre Stonehenge. Por otra parte, es un emplazamiento idóneo para fotografiar la costa y la ciudad. (Al informarme después vía internet sobre el lugar, la columnata resulta ser el único tramo construido de un pretendido Partenón que debía honrar la memoria de los soldados escoceses que fallecieron luchando en las guerras napoleónicas, y la columna "trajana", un monumento a Nelson).
Tras sacar unas cuantas fotografías, decido volver al hostel a cenar, un camino que me cuesta algo más de lo esperado debido al frenesí verbal de un señor bastante borracho y con una mirada que haría a la de Trueba parecer de lo más natural, que me da una estimulante charla sobre Escocia, los vascos, el euro, Siria, Estados Unidos y el petróleo. Así, todo junto, y yo sin mi capirote de papel albal y mi cazamariposas.
En suma, de este primer día podemos extraer dos conclusiones principales: los museos de arte de Edimburgo guardan algunas sorpresas por las que merece la pena pagar, mientras que los edificios turísticos por antonomasia dejan bastante que desear. Por lo menos, ya sabemos en qué invertir el dinero y en que no.
...Y según acabo de ser informada, una de mis compañeras de habitación es de beijing, así que puedo afirmar que no tengo ningún ojo a la hora de diferenciar la nacionalidad de las chavalas asiáticas. Un don que, por otra parte, no creo que otorgue grandes ganancias.
Vistas desde Calton Hill, hacia el centro de la ciudad y hacia la costa.
National Gallery y National Portrait Gallery. 19/09
Por supuesto, cuando despierto ya está lloviendo. Me asomo a la ventana: Crap, it's raining!. Mis vecinas -todas japonesas o koreanas, me atrevería a aventurar- me miran con cara de lemures. "Of course it's raining. This is U.K. It will be raining day long".
Bueno, que se le va a hacer. Lo cierto es que el reino unido no es un lugar para hacer planes concretos. La mañana reservada a pasear por el casco urbano puede verse impedida por una tormenta de seis horas, ese mercadillo tan curioso al que querías acudir puede verse obligado a cerrar debido a la intemperie... Así que lo mejor es contar con distintos planings e irse adaptando a los caprichos del clima.
De todos modos, a lo mejor mientras desayuno arrecia (ja ja), pienso mientras me dirijo a la cocina compartida. Lo cierto es que el desayuno, incluido en el muy razonable precio del hostal, es un tanto mejor de lo acostumbrado. Pancakes con pasas, tostadas, mantequilla y mermelada, cereales, croissants, té y café. La leche es de origen animal, claro, así que tendré que hacerme con un pequeño brick de leche de soja. Todo está rico y los encargados son indulgentes con los huéspedes, que aprovechan para llevarse un croissant o una fruta. Yo me hago con una manzana verde de un cuenco, friego la vajilla empleada y me enfundo en botas, gabardina con capucha (estilo asesino en serie made in EEUU) y mallas. Es una pena que mi réflex se vea obligada a permanecer a resguardo durante la lluvia, que todavía es abundante.
De todos modos, a lo mejor mientras desayuno arrecia (ja ja), pienso mientras me dirijo a la cocina compartida. Lo cierto es que el desayuno, incluido en el muy razonable precio del hostal, es un tanto mejor de lo acostumbrado. Pancakes con pasas, tostadas, mantequilla y mermelada, cereales, croissants, té y café. La leche es de origen animal, claro, así que tendré que hacerme con un pequeño brick de leche de soja. Todo está rico y los encargados son indulgentes con los huéspedes, que aprovechan para llevarse un croissant o una fruta. Yo me hago con una manzana verde de un cuenco, friego la vajilla empleada y me enfundo en botas, gabardina con capucha (estilo asesino en serie made in EEUU) y mallas. Es una pena que mi réflex se vea obligada a permanecer a resguardo durante la lluvia, que todavía es abundante.
A través de la cortina de agua dulce, Edimburgo se dibuja como una ciudad medieval y oscura, que en los días soleados debe ser impresionante por su vegetación, esa de aspecto tan salvaje y exuberante, característica de los jardines románticos ingleses. Sin embargo, los tramos de césped con los que me cruzo están tan perfectamente rasurados que provocarían el síndrome de Stendahl a cualquier jardinero. El célebre castillo, top one del turismo local, se alza en un promontorio de roca volcánica. Curiosamente, a pesar del parecido de las calles y edificios con ciudades del norte de Europa como Gante, Oxford y Amsterdam, el emplazamiento del castillo otorga a la ciudad un cierto aire Granadino, que por supuesto se esfuma gracias a las decenas de paseantes que esgrimen sus paraguas como si se tratara de la bandera nacional.
Los museos abren a las 10:00, así que tengo media hora libre para tomar un café en un Costa Coffee -el único lugar que ofrece un café aceptable en todo el Reino Unido, según propia experiencia- y escribir un ratito. La segunda planta ofrece vistas a mi inmediato destino: la National Scottish Sallery, situada en el cruce entre Hanover street y Princess street.
En la fachada del edificio adyacente al museo, la Escuela de Bellas Artes,veo un graffiti sorprendentemente mal camuflado por una fina capa de pintura beige: fuck the polis. O en Escocia police se dice polis, o falta una H y Edimburgo se prepara para invadir Polonia.
El acceso al museo nacional es gratuito. Me doy un paseo por la sala de arte italiano, donde no puedo evitar extrañarme ante la conjunción de una obra de Boticelli y un trabajo temprano de Picasso, que un curator algo confundido debió situar allí. Una pequeña obra de da Vinci y otra de Cranach se sitúan junto a dos menudas esculturas de bulto redondo que retratan monjes, muy curiosas, que me detengo a fotografiar.
En la planta inferior me encuentro con arte barroco, mayormente mitológico y religioso, el grand art de la época. Carraci, Caravaggio, Poussin, Bernini, y perdida entre los óleos del segundo, una obra del greco de estilo tenebrista la mar de curiosa. Un enorme cuadro del banquete de Herodes, centrado en una Salomé entrada en carnes que porta de cabeza del Bautista, me recuerda lo poco que me gusta Rubens. Cansada del sXVII me dirijo hacia el ala donde se supone se exhibe la obra de los europeos decimonónicos. Una cuerda me impide el paso. Is it closed? Yes it is. Until the end of october. Pues mira que bien. He visto un cartel que anuncia una exposición de retratos de Man Ray, así que pregunto por ella, aunque sea solo para sacudirme el academicismo.
Camino bajo la lluvia hasta la National Portrait Gallery, donde se halla la exposición de Man Ray según me han informado. Aunque llego al borde de la desesperación y la faringitis, el paseo bajo la lluvia ha merecido la pena. Una sala muestra el último trabajo de Ken Currie, uno de los artistas más enigmáticos y oscuros del panorama contemporáneo. Su estilo no se desprende del usual manejo del óleo, pero sus motivos son cuánto menos interesantes. Habitaciones abiertas en perspectivas sin fin, doppelgangers, cadáveres, máscaras funerarias y un casi truculento juego de identidad sumergen al público en la mente de un artista tan lúcido como perturbador. Sin duda, uno de los trabajos más personales que he tenido el placer de ver en el último año.
La entrada a la exposición de Man Ray cuesta la friolera de siete libras, pero las pago gustosamente confiando en la genialidad del fotógrafo. Una primera imagen de Marcel Duchamp ataviado como su alterego femenino me da la razón nada más cruzar el umbral de la sala. Tras diversas fotografías de actrices y del grupo surrealista parisino, por fin un trabajo que reconozco: "Erotique voilee", un retrato de Meret Oppenheim, una de las grandes artistas del surrealismo y, según Man Ray, una de las mujeres más deshinibidas sobre la faz de la tierra; motivo por el cual, es de suponer, la escogió para varios de sus retratos de desnudos. Oppenheim es la personificación de la idea surrealista sobre la mayor conexión de la mujer con el mundo de los sueños y el inconsciente. Súmale al asunto una verga "fruto de la revolución industrial", y he aquí la "Erotique voilee" de Man Ray. Junto a ésta, las célebres fotografías de las piernas de Lee Miller a las que se agarran pequeñas circenses al más puro estilo Freaks. Man Ray y David Lynch hubieran hecho buenas migas. Y de pronto, me encuentro con dos obras totalmente desconocidas para mí y en consecuencia una grata sorpresa: Virginia Woolf y Aldous Huxley fotografiados por Man Ray. Frente a éstos se sitúa una imagen que retrata a Henry Miller, un tanto socarrón teniendo en cuenta la espeluznante figura femenina que se yergue tras el. Abundan los retratos de Tristán Tzara, Bretón y Cocteau. Que grupo de amigos tan encantador, seguro que nunca recurrían a conversaciones sobre el clima. Finalmente, me detengo ante los inspirados retratos de las musas surrealistas por antonomasia, Kiki de Montparnasse y Lee Miller, y salgo de la exposición con ganas de crear mi propio movimiento vanguardista y hacer saltar por los aires el departamento de historia del arte de mi universidad. En fin, keep calm and buy some postcards.
domingo, 22 de septiembre de 2013
Llegada nocturna a Edimburgo. 18/09/2013
El autobús de Alsa -ruta Zaragoza-Barcelona- fue una rutina semanal para mí durante cerca de cuatro años. En ocasiones era una bendición, un paréntesis de tres horas y media solo compartidas con mi mp3 y mi resaca.
Hoy no puedo considerarlo un paréntesis, sino el inicio de un trayecto bastante más largo. En cuanto llegue a la estación de Sants, cogeré un taxi en dirección al Prat - a cuyo conductor pagaré en torno a 20 euros- y allí esperaré hasta poder tomar el avión que me lleve a Edimburgo. Mi plan es recorrer la ciudad durante dos días, para visitar luego Glasgow y al cabo de cinco días volver a España con la memoria de la cámara repleta de fotos y mi cuaderno a reventar de información. En esta ocasión no me veo obligada a tomar mis notas a mano en mi querido cuaderno de viaje. Cuento con una tablet de armas tomar, que aunque me otorga un aspecto mucho menos romántico, sin duda va a facilitarme mucho las cosas. He pagado poco más de dos euros a cambio de un par de guías electrónicas de ambas ciudades, editorial e-tips, que incluyen mapas de considerable zoom e información sobre el transporte, así como una aplicación llamada "Realidad aumentada" -que te ofrece una descripción detallada del edificio al que enfocas- que estoy deseando probar. Desde luego, este viaje difícilmente podrá parecerse a mi pequeña estancia en Transilvania, donde me manejaba a base de muy escasas indicaciones e ingente fe en la bondad de los desconocidos, como Blanche en Un tranvía llamado deseo, añadiéndole nieve y quitándole a Marlon Brando (mierda).
Hoy no puedo considerarlo un paréntesis, sino el inicio de un trayecto bastante más largo. En cuanto llegue a la estación de Sants, cogeré un taxi en dirección al Prat - a cuyo conductor pagaré en torno a 20 euros- y allí esperaré hasta poder tomar el avión que me lleve a Edimburgo. Mi plan es recorrer la ciudad durante dos días, para visitar luego Glasgow y al cabo de cinco días volver a España con la memoria de la cámara repleta de fotos y mi cuaderno a reventar de información. En esta ocasión no me veo obligada a tomar mis notas a mano en mi querido cuaderno de viaje. Cuento con una tablet de armas tomar, que aunque me otorga un aspecto mucho menos romántico, sin duda va a facilitarme mucho las cosas. He pagado poco más de dos euros a cambio de un par de guías electrónicas de ambas ciudades, editorial e-tips, que incluyen mapas de considerable zoom e información sobre el transporte, así como una aplicación llamada "Realidad aumentada" -que te ofrece una descripción detallada del edificio al que enfocas- que estoy deseando probar. Desde luego, este viaje difícilmente podrá parecerse a mi pequeña estancia en Transilvania, donde me manejaba a base de muy escasas indicaciones e ingente fe en la bondad de los desconocidos, como Blanche en Un tranvía llamado deseo, añadiéndole nieve y quitándole a Marlon Brando (mierda).
La entrada a Barcelona es algo que te puede hacer perder un vuelo. Tras superar un lentísimo embotellamiento, llego a la estación con veinte minutos de retraso y, para mi desgracia, me toca un taxista con mucha marcha en la lengua y mucha mierda en la cabeza: la crisis no existe, la gente se empeña en vivir de las subvenciones, el que no trabaja es porque no quiere... Una retahíla de incongruencias que me causan aún más estrés que la posibilidad de perder el avión.
Llego al aeropuerto de Edimburgo, tras un vuelo sin incidencias, en torno a las 23:30. El enlace con el centro de la ciudad, Airlink bus, es cómodo, fácil de encontrar, y para colmo, incluye wifi gratuito en su cálido interior. He comprado el ticket por adelantado vía internet, así que sólo tengo que sentarme y disfrutar del trayecto, que dura tan sólo media hora y concluye muy cerca de mi hostal, el Haggis hostel. Se trata de un alojamiento muy barato y magníficamente situado en Register Street, que ofrece derecho a cocina y desayuno incluido en el precio. Me registro sin problemas y entro en mi habitación -más bien "nuestra" habitación- donde mis tres compañeras de cuarto duermen ya a pierna suelta. Tras lavarme los dientes en un baño limpio aunque un poco pequeñito, con dos lavabos y tres inodoros, me voy directa a la cama, planeando la visita al casco viejo que realizaré mañana.
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